Día sin IVA o menos ICA: ¿qué mueve más la economía y el comercio? Así cambia el ahorro por cada $1 millón

9/10/2026
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Dos fórmulas tributarias compiten por reactivar el comercio en lo que resta del año: una acelera el consumo de los colombianos durante 24 horas y la otra reduce costos empresariales a lo largo del año. Un informe financiero de Crowe Co revela quién recibe primero el beneficio y dónde puede sentirse con mayor fuerza. Le contamos.

Bogotá, octubre de 2026. Un televisor de $1 millón podría terminar costando cerca de $840.336 en una eventual jornada sin IVA. En el otro extremo, un comercio bogotano que tenga ese mismo $1 millón dentro de sus ingresos —como base gravable— reduciría en $1.800 su impuesto de Industria y Comercio (ICA) si la tarifa baja de 13,8 a 12 por mil.

No son impuestos equivalentes ni recaen sobre el mismo actor. Precisamente por eso, ponerlos frente a frente permite aterrizar una discusión que empieza a ganar fuerza en Colombia: ¿qué le da más oxígeno al comercio, provocar un salto inmediato de las compras o disminuir de manera permanente una carga que pagan los negocios?

El debate dejó de ser teórico. Empresarios del Valle del Cauca plantearon la semana pasada, dentro de una agenda de reactivación, evaluar tanto un Día sin IVA como una reducción del Impuesto de Industria y Comercio (ICA). Cerca de 30 empresarios participaron en esa conversación con el Gobierno.

Al mismo tiempo, en el Congreso avanza el Proyecto de Ley 133 de 2026, radicado el 29 de julio, que facultaría al Gobierno para decretar hasta tres jornadas al año. El pasado 1.º de octubre fueron designados los ponentes para su primer debate en la Comisión Tercera de la Cámara.

Bogotá ofrece la otra cara del experimento. El Concejo acaba de aprobar una reorganización del ICA que bajaría la tarifa para 275 actividades, aunque otras 169 subirían. Varias disposiciones comenzarían a operar desde 2027, una vez concluya la sanción y publicación del acuerdo.

Para Oscar Villarruel, Socio de Auditoría de Crowe Co, la discusión no debería concentrarse únicamente en cuál alternativa genera el ahorro más visible. “El Día sin IVA actúa principalmente sobre la decisión de compra del hogar y un incremento en ventas para el comercio, mientras una reducción del ICA modifica la estructura de costos de las empresas. Una puede acelerar la demanda en cuestión de horas; la otra puede fortalecer liquidez, capacidad de inversión y sostenibilidad financiera durante un periodo mucho más largo. El impacto económico, por tanto, debe medirse no solo por cuánto se ahorra, sino por qué decisiones adicionales genera ese dinero en consumidores y compañías”, explica.

La diferencia es de fondo: con la primera fórmula el beneficio llega directamente al comprador y el establecimiento gana si logra vender más; con la segunda, el consumidor no necesariamente encuentra una etiqueta más barata de manera inmediata, pero la empresa puede mejorar su estructura financiera y eventualmente trasladar parte de esa eficiencia a precios, empleo, inversión o expansión.

Hasta $796.085: lo que podría ahorrarse en tecnología

La cuenta más visible aparece en la caja registradora. Con una tarifa general de IVA de 19 %, eliminar este impuesto no significa restarle directamente 19 % al precio final cuando el valor exhibido ya lo contiene.

Un producto marcado en $1 millón incorpora aproximadamente $159.664 de IVA. Al retirar el gravamen, su valor queda en unos $840.336. Sobre una canasta de bienes elegibles que normalmente costara $3 millones, la diferencia podría acercarse a $478.992, dependiendo de que los artículos estén efectivamente gravados a la tarifa general y cumplan las condiciones establecidas para la jornada.

El proyecto permite dimensionar hasta dónde podría llegar ese efecto. Electrodomésticos, computadores, equipos de comunicaciones, elementos deportivos y determinados insumos agropecuarios tendrían un límite de 80 UVT antes de IVA. Como la UVT para 2026 está fijada en $52.374, el techo sería de $4.189.920. Un artículo ubicado exactamente allí tendría un impuesto cercano a $796.085 que el comprador dejaría de desembolsar durante la jornada.

Para vestuario y complementos, el máximo sería de 20 UVT, equivalente a $1.047.480; juguetes y juegos llegarían hasta $523.740 y útiles escolares, hasta $261.870. Además, cada persona podría adquirir hasta tres unidades del mismo bien al mismo vendedor.

El atractivo para el comercio consiste en transformar ese menor precio en más transacciones. El último dato disponible del Dane muestra que las ventas reales minoristas crecieron 5,3 % anual en julio de 2026 y 7,3 % al excluir combustibles.

Sin embargo, vender mucho durante 24 horas no significa necesariamente que todo ese consumo sea nuevo. Esa es una de las claves que diferencia una buena jornada comercial de un impulso económico más profundo.

El Banco de la República encontró que las experiencias anteriores elevaron temporalmente entre 9 % y 17 % el consumo de los bienes favorecidos frente a los no exentos y redujeron entre 3 % y 6 % sus precios relativos. Pero también detectó menores compras de esos productos en meses cercanos a las jornadas. En términos sencillos: una parte de los hogares no gastó más, sino que adelantó o aplazó una adquisición para aprovechar la fecha.

Según Villarruel, ahí está uno de los principales desafíos para evaluar el éxito de una medida de este tipo. “Una jornada puede mostrar cifras extraordinarias de facturación y, aun así, tener un efecto económico más limitado de lo que sugieren las ventas de ese día. La pregunta relevante es cuánto consumo realmente nuevo se generó, cuánto simplemente cambió de fecha y, sobre todo, si el ahorro que obtuvo el hogar terminó circulando nuevamente en la economía. Ese segundo efecto es el que determina si el estímulo trasciende el comercio de una sola jornada”, señala.

Ese hallazgo cambia la lectura. Una avalancha de facturación puede mejorar caja, tráfico y rotación de inventarios, pero el verdadero resultado económico depende de cuánto dinero adicional logra movilizar y de cómo los consumidores utilizan posteriormente el ahorro obtenido.

275 actividades pagarían menos: el alivio que permanece en la caja

El ICA trabaja de manera casi opuesta. No produce una rebaja automática para quien entra a una tienda: grava la actividad económica y, al ser territorial, cada municipio fija sus tarifas dentro del marco legal. Por eso, bajar este tributo en una ciudad no equivale a hacerlo en todo el país.

Bogotá permite calcular su dimensión. Entre los cambios aprobados, los restaurantes pasarían de 13,8 a 12 por mil; los bares, de 13,8 a 11 por mil; y la edición y publicación de libros, de 8 a 4 por mil. Cerca del 82,9 % de las actividades comerciales y del 89,6 % de las industriales tendrían una reducción vinculada a la nueva estructura.

Pasado a pesos, sobre una base gravable anual de $1.000 millones, un restaurante conservaría alrededor de $1,8 millones adicionales; un bar, $2,8 millones; y una empresa editorial, $4 millones.

Si ese restaurante alcanzara una base de $5.000 millones, la diferencia crecería hasta $9 millones al año. Son cálculos realizados a partir de las tarifas aprobadas y no corresponden a proyecciones oficiales de recaudo.

Ahí aparece el contraste más revelador. Sobre $1 millón, un consumidor podría percibir inmediatamente $159.664 de menor desembolso si el producto está gravado al 19 % y cumple las condiciones de la exención. Para un restaurante, una disminución del ICA de 13,8 a 12 por mil representa $1.800 menos por cada $1 millón de base gravable.

La primera cifra es casi 89 veces mayor en ese ejercicio puntual. Pero la comparación tiene un límite: el incentivo al comprador ocurre sobre una adquisición determinada; el beneficio empresarial se repite sobre los ingresos gravables acumulados durante el año.

Además, el dinero liberado por ICA no termina necesariamente en precios más bajos. Puede ir a nómina, inventarios, arriendo, inversión, deuda, tecnología o margen empresarial. Allí está justamente su fortaleza y también su dificultad para el consumidor: se siente menos en un solo día, pero puede permanecer más tiempo dentro del negocio.

Villarruel considera que ese efecto acumulativo es fundamental para entender por qué las dos herramientas pueden ser complementarias y no necesariamente excluyentes. “Cuando una empresa reduce una carga recurrente, el beneficio puede convertirse en capital de trabajo, menor endeudamiento, inversión o capacidad para sostener empleo. Eso no genera el mismo impacto mediático de un descuento inmediato en una compra, pero sí puede mejorar la resistencia financiera del negocio. Una política bien diseñada debería observar toda la cadena: cuánto gana el consumidor, cuánto recupera la empresa y cuánto de ese alivio termina convertido en nueva actividad económica”, sostiene el socio de Crowe Co.

Si la prioridad es mover rápidamente las ventas, una jornada sin IVA ofrece mayor visibilidad y pone el incentivo directamente en el bolsillo del hogar. Si el objetivo es aliviar costos de operación y fortalecer caja durante doce meses, reducir el ICA puede tener un efecto más estructural, aunque dependerá de las decisiones de cada territorio.

Por eso, la pregunta económica no debería limitarse a escoger un ganador. El verdadero examen será determinar cuánto consumo nuevo genera cada peso de beneficio tributario, cuánto recaudo se deja de recibir y dónde termina ese dinero.

El informe financiero de Crowe Co plantea que el efecto final dependerá de la capacidad de cada medida para producir una segunda ronda de actividad: hogares que conviertan el ahorro en nuevas compras y compañías que transformen el alivio tributario en inversión, empleo, inventarios o mayor capacidad productiva.

Más que una competencia entre dos fórmulas, el debate abre la posibilidad de combinar estímulos de corto y largo plazo: uno capaz de llenar los almacenes durante 24 horas y otro que, con menos ruido, pueda mejorar las cuentas del comercio durante todo el año.

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Oscar Villarruel 1
Oscar Villarruel Ramón
Socio de Auditoría y AseguramientoCrowe Colombia
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