Cara y Cruz de la sentencia dictada por le TJUE.

Procesos de due diligence financiera. Mirando al futuro.

Fernando Segú, Socio Director de Financial Advisory
27/05/2026
Cara y Cruz de la sentencia dictada por le TJUE.

La due diligence financiera se ha ido sofisticando progresivamente a lo largo de la historia. No porque hayan dejado de importar el EBITDA, la deuda neta o el capital circulante, sino porque esos análisis, por sí solos, ya no bastan para soportar sólidamente una inversión.

En un proceso de M&A, revisar cifras históricas sigue siendo imprescindible para conocer el activo. Pero el comprador de 2026 necesita algo más que un confort razonable sobre las cifras del pasado y del momento de la adquisición. Necesita entender si el negocio que está comprando será capaz de sostener el precio que se está pagando por él, lo que se sustancia principalmente en evaluar su capacidad de generación de caja operativa a futuro, tratando de identificar cualquier aspecto que pueda tener impacto en la misma.

Ahí está la principal diferencia frente a la due diligence financiera tradicional. Antes, el foco estaba muy concentrado en verificar: comprobar la calidad de los resultados, identificar ajustes, normalizar y revisar partidas de deuda. Ahora, adicionalmente, debemos interpretar, y, sobre todo, debemos anticipar. 

En esta línea, el análisis del EBITDA ajustado debe ser más exigente. El debate ya no debería limitarse a si un ajuste existe contablemente, sino a si tiene sentido económico. Un coste puede ser no recurrente en la forma, pero necesario en el fondo. Una sinergia puede ser razonable, pero no estar bajo control del comprador. Un ahorro puede estar identificado, pero no implementado ni precisamente calculado.

Lo mismo ocurre con la generación de caja. Durante años, los análisis de due diligence trataban el capital circulante como un cálculo técnico: medias mensuales, estacionalidad, ajustes puntuales y definición de target. Ese enfoque sigue siendo necesario, pero resulta insuficiente si no entiende la dinámica real del negocio. ¿La compañía cobra tarde porque vende más, o porque está deteriorando la calidad de sus clientes? ¿El inventario crece por expansión o por falta de rotación? ¿La caja al cierre es realmente disponible o está condicionada por factoring, confirming, anticipos o pagos diferidos?

El comprador no solo quiere saber cuánto EBITDA genera una compañía. Quiere saber cuánto de ese EBITDA se convierte en caja disponible, qué inversión en capital circulante y CAPEX requiere el negocio para mantenerse competitivo y qué posibles dificultades puede aparecer tras el cierre.

También ha cambiado el peso del plan de negocio. La due diligence debe trascender el análisis tradicional (presupuesto frente a real, evolución de ventas, márgenes previstos y principales hipótesis) y buscar tensionar el plan traduciendo las hipótesis comerciales a consecuencias financieras cuantificables.

Crecer un 15% no significa lo mismo si el crecimiento viene de precio, volumen, nuevos clientes, expansión internacional o adquisiciones. Mantener o incrementar el margen no significa lo mismo si depende de contratos indexados, inteligencia artificial, eficiencia operativa, reducción de plantilla o menor inversión comercial. Cada hipótesis tiene un perfil de riesgo distinto. Y ese riesgo debe reflejarse en la valoración y evaluarse económicamente por separado con las correspondientes sensibilidades.

Otra diferencia importante está en los riesgos de impactos económicos negativos, acaecidos con posterioridad al cierre de la transacción. Muchas sorpresas no aparecen porque los estados financieros estuvieran mal preparados, sino porque el comprador no vio a tiempo lo que costaría operar el negocio después de adquirirlo. Sistemas débiles, reporting manual, dependencia del fundador, equipos financieros poco dimensionados, costes standalone en carve-outs, inversiones aplazadas o controles internos insuficientes pueden erosionar valor rápidamente.

La tecnología permite hacer este trabajo con más profundidad. Hoy es posible analizar mayor volumen de datos, revisar transacciones, segmentar márgenes por cliente o producto, detectar anomalías y cruzar información comercial, contable y de cobros con más rapidez. Pero la tecnología no elimina el criterio. Lo hace más necesario. Tener más datos no garantiza mejores conclusiones si no se formulan las preguntas adecuadas.

En definitiva, la due diligence financiera en 2026 debe superar el enfoque de checklist para centrarse en el criterio inversor. Debe combinar rigor técnico con lectura de negocio. Debe mirar al pasado, pero no limitarse a él. Debe ayudar al comprador a tomar decisiones concretas: cuánto estar dispuesto a pagar, cómo negociar favorablemente el precio y las garantías, cómo financiar, qué proteger en el contrato de compraventa y dónde enfocar los esfuerzos en los primeros cien días tras el cierre, subsanando aquellas incidencias que se hubieran detectado.

En resumen, la clave no está tanto en si las cifras de referencia son correctas, sino las mismas justifican la inversión. Esa es la diferencia entre una due diligence que revisa información y una due diligence que ayuda a decidir. 

Fernando Segú
Fernando Segú
Socio Director de Financial AdvisoryMadrid | Barcelona